El León de Damasco

El León de Damasco

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—Entrad, señor conde. Entrad a consolarlos. ¡Pobre señora!

El capitán general, a pesar de que ya no era joven, subió ágilmente la escalera y alcanzó el segundo piso.

El damasceno se paseaba arriba y abajo de la estancia igual que un león enjaulado, en tanto que la duquesa, desprovista de la coraza, lloraba de bruces sobre uno de los lechos.

—¿Qué pensáis, conde, de esta nueva bellaquería, de esta nueva canallada? Me avergüenza haber nacido mahometano y de haber creído en el Corán.

—Es verdad los mahometanos son unos bribones. ¡Ah! ¡Qué bajá! Y, no obstante, tengo la certeza de que algún día morirá bajo los golpes de la cristiandad.

—Fuimos innoblemente engañados —sollozó la duquesa, que se había levantado al entrar el conde, mientras enjugaba las lágrimas que pugnaban por deslizarse por sus mejillas—. ¡Yo misma supuse que se trataba de mi Enzo! Los mismos ojos, igual cabello, incluso posiblemente la misma edad. ¡Maldito bajá! ¿Es quizás un demonio? Pues no me produce temor y si se enfrentase a mí, espada en mano…

—No se enfrentará. Temen demasiado los turcos al capitán Tormenta.

—¿Y qué haremos? ¿Vamos a dejar en manos del bajá a nuestro Enzo? —exclamó encolerizado el León.


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