El León de Damasco
El León de Damasco El capitán general hizo un ademán de desaliento.
—¿Y cómo voy a enviar mis hombres —exclamó con tristeza—, primero contra el campamento y después contra la escuadra? No llegamos ni a veinte mil, en tanto que esos perros, teniendo libre acceso al mar, habrán repuesto sus bajas y serán otra vez cien mil. ¿PretenderÃais vos un intento semejante con guerreros que, si bien siempre han sido valerosos y arrojados, se encuentran exhaustos debido a las prolongadas veladas, la escasez de alimentos y las enfermedades? Responded, Muley.
—No. En vuestro lugar no tomarÃa sobre mà tal responsabilidad.
—¿Y vos, señora?
—Yo tampoco, capitán. El combate resultarÃa desastroso. Pero ¿qué pretenderán hacer con mi hijo?
—Acaso convertirle en musulmán, señora —dijo en aquel instante un hombre que acababa de penetrar sigilosamente, si bien escoltado por el fiel Mico.
—¡Nikola! —exclamaron al mismo tiempo los duques.
—Yo en persona, señores —repuso el marinero griego, saludando con reverencia—. Debo daros buenas noticias.
—Habla, habla.