El León de Damasco
El León de Damasco —En primer lugar puedo garantizaros que vuestro hijo no se halla en peligro, ya que el bajá sigue protegiéndole claramente, sin prestar atención a las murmuraciones de la tripulación. Cualquiera diría que le quiere como si se tratase de su propio hijo.
—¡Canalla!
—Pues debéis estarle reconocido, León de Damasco —adujo el griego—, ya que de no ser por él no habría yo apostado medio cequí por la vida de vuestro hijo.
—¿Decís que le trata bien? —inquirió la duquesa.
—Como si se tratase del hijo de un sultán.
—¿Y con qué fin?
—¿Quién es capaz de conocer el pensamiento de esa fiera dañina? Por el momento, señora, os debe bastar con tener la seguridad de que vuestro hijo está muy bien atendido y no corre el menor peligro.
—¿Y Haradja? —interrogó el capitán general.
—Ha recibido una soberbia estocada que le impedirá abandonar su camarote como mínimo durante tres semanas.
—¿Y Metiub? —inquirió Muley-el-Kadel.