El León de Damasco
El León de Damasco —Llegó al campamento medio muerto. Pero debe de tener muy dura la piel, ya que a pesar de la tremenda estocada que le habéis asestado en la garganta aseguran que no morirá. Me parece que tras estas dos amargas lecciones, se ha producido una penosa impresión en el campo turco, los infieles no osaran volver a retar a los cristianos de Candía. Procurad, no obstante, señora, y vos también, Muley, no caer vivos en poder de esos perros. Como ultimo recurso os recomendaría que os saltarais la tapa de los sesos de un tiro.
—Conozco su crueldad, como se hasta que punto es capaz de ser arrastrada Haradja por su odio —dijo Muley.
—Vos sois el hombre a quien entregue el otro día un salvoconducto, ¿no es cierto? —pregunto el conde.
—Si, señor capitán general —respondió el renegado—, y ahora oídme.
—¿Nos traes otras noticias, Nikola?
—Y me parece que buenas. Me he enterado esta mañana, por un amigo mío, también renegado, que vive en el campo, que desde hace tres días se han reunido en la bahía de Capso galeras venecianas a las órdenes de Sebastián Veniero.
—¡El gran Almirante de la Serenísima!
—Si, señor capitán general.
—¿Y son muy numerosas?