El León de Damasco

El León de Damasco

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—Solamente ocho. Pero todas son de reciente construcción y con fuerte armamento, rapidísimas y doble tripulación de galeotes. Ya conocéis la osadía del Gran Almirante, y podemos confiar en que haga alguna jugada al bajá.

El conde hizo un movimiento con la cabeza.

—¡Ocho contra trescientas! Sería una temeridad ¡Qué espantosa matanza! En tanto que la República no se una a todos los Estados cristianos y junte sus naves a las españolas, genovesas, sicilianas, austriacas, francesas y romanas, no conseguiremos recuperar la hegemonía marítima. Extraordinaria fue la audacia de Moceñigo desplegando al viento la enseña veneciana frente a la asombrada Constantinopla. Su victoria fue grande, pero no basta. Al bajá es a quien se debe herir en el corazón para exterminar el poder naval de los turcos. Por desgracia Venecia no puede, en la actualidad, ni en sueños, intentar semejante golpe, a pesar de que en sus astilleros se trabaja noche y día construyendo galeras.

El León de Damasco acababa de volverse hacia su esposa y clavaba en ella sus ojos.

—¡Si me marchase yo!… —insinuó.

—¿A qué lugar?


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