El León de Damasco

El León de Damasco

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Sonaron de nuevo dos campanadas, vibrantes, sonoras, cuyos ecos se perdieron en el aire. Los tres jinetes, pasando las espadas de la mano derecha a la izquierda, se persignaron y, después, apretando los estribos a los flancos de los corceles, reanudaron su desenfrenada carrera. A la par que las campanadas habían distinguido el distante rumor que delataba la presencia de sus perseguidores, los cuales no perdían su pista.

—Confiemos en que escaparemos de ellos —dijo el albanés.

—Confiemos en nuestras espadas —respondió el León de Damasco.

Extendíase frente a ellos la llanura despejada, desprovista de algarrobos, viñas, palmeras e higos chumbos. Los caballos, en su carrera, levantaban mucho polvo.

Los turcos lo habían arrasado todo por medio del incendio, luego de haber exterminado a los pacíficos labriegos con las cimitarras y disparos de arcabuz. De aquella manera preparaban los invasores el campo abonándolo con sangre y ceniza.

Así prosiguieron avanzando otro cuarto de hora y halláronse con viñedos cultivados.

—Fijaos allá, señor.

—¡Una casa y una torrecilla!

—Es la granja de mi amigo Damoko.

—¿Se encontrara en casa?

—Espero que si.


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