El León de Damasco

El León de Damasco

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También el León de Damasco y el griego habían trabado una sañuda lucha con aquellas aves de presa, y aunque seguros de que no era un combate arriesgado, lanzaban a los hambrientos pajarracos tajos al cuello, al pecho y a las alas, haciéndolos caer en gran número en torno a los caballos. Los pobres animales, espantados, daban imponentes saltos para eludir semejante proximidad. De aquella manera consiguieron atravesar el bosque.

—Confiemos en que los que nos siguen tropezarán también con esos pacíficos amigos —comentó Mico—, y como los musulmanes son todos, en mayor o menor grado, supersticiosos, no desearán entablar combate con esos animaluchos, que consideran de mal agüero.

En aquel momento, en medio del imponente silencio que reinaba en el campo, sonaron dos broncíneos campanazos que se esparcieron por el espacio.

—¿Qué es eso? —inquirió Muley, disponiéndose a detener el caballo.

—Ese sonido anunciaba la proximidad de la granja de Damoko. Su campana suena todavía y me parece que es el único campanario que los turcos, acaso por capricho, no han destruido.

—¿Es la de tu amigo?

—Sí, señor. Nuestros caballos han ido mucho más de prisa de lo que yo imaginé. ¡Bendita sea la santa cruz, que nos defiende!


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