El León de Damasco
El León de Damasco Se escucharon fuertes ladridos, que por su sonoridad y fuerza denotaban ser lanzados por enormes y temibles mastines. Redujeron el paso y alcanzaron la granja. Era una sólida casa con paredes y techumbres de piedra, pero bastante estropeada, ya que los turcos, no habiendo podido incendiarla con facilidad, habían hecho en el techo el mayor daño posible.
Nikola volvió la espada a la vaina, se puso dos dedos en la boca y emitió tres vibrantes silbidos espaciados. Un instante más tarde, en tanto que los perros ladraban con más furia que antes, pretendiendo salir, se abrió una pequeña ventana y se oyó una voz que interrogaba.
—¿Quién vive? ¿El Islam?
—No, San Marcos —repuso Nikola—. Abre la puerta, Damoko Nos persiguen.
—¿Esos perros con turbante?
—Si.
—Aguarda que despierte a mis cuñados. ¿Eres tú, Nikola?
—¿No distingues mi voz? Y me acompaña el León de Damasco.
Se cerró la ventanilla, oyéronse voces en el interior de la morada y pasos por una escalera no muy segura. Después se abrió la puerta, surgiendo bajo el dintel tres hombres de elevada estatura, robustos y barbudos, armados de sendos arcabuces con las mechas encendidas.