El León de Damasco

El León de Damasco

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—Eso para los mahometanos, Damoko. Nosotros somos cristianos.

—Uno debe desconfiar siempre en estos tiempos malditos, Nikola. En fin mi casa, con su cantina y su granero, se hallan a vuestra disposición.

Uno de sus familiares encendió al instante una humeante candileja de aceite, de forma antiquísima, en tanto que el otro ponía cadenas a los perros, dos corpulentos y formidables mastines de poderosos colmillos, temibles adversarios, lo mismo para turcos que para cristianos.

Los tres jinetes desmontaron, cogiendo todas sus armas y municiones, y entraron en una vieja estancia, en tanto que los dos cuñados del propietario de la casa conducían bajo techado a los caballos y les daban buen pienso.

La sala se hallaba ennegrecida y el suelo era fangoso, como formado únicamente por tierra batida. Sus muebles consistían en algunas cántaras denominadas zaras, que se destinaban a conservar el aceite y lo bastante resistentes como para aguantar las balas de las pistolas de aquel tiempo, en una mesa cercana, tal vez secular, rajada por completo, y en unos pocos escaños medio destrozados. En cambio, colgadas en las paredes se veían gran número de armas: arcabuces con las mechas preparadas y brillantes yataganes.


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