El León de Damasco
El León de Damasco Tal como indicamos, el granjero era un hombre muy fornido, de imponente estatura, como un gigante, y fortísimo, aunque en su barba se advirtieran ya algunas plateadas hebras. Se dirigió solicito al encuentro de sus huéspedes.
—¿El León de Damasco? —inquirió.
—Yo soy —respondió el interpelado.
El candiota le examino entre sorprendido y estupefacto, y, haciendo ante él una gran inclinación, dijo:
—¡Dios dé larga vida al héroe de Famagusta, esposo del capitán Tormenta, que hacia caer a los mahometanos como yo hago caer mis olivas! Entrad. Os encontráis en vuestra casa.
—Un instante, Damoko, no desearía comprometerte con los turcos.
—¿Que pretendes decir? —inquino el gigante, arrugando el entrecejo.
—Ya te he indicado que nos persiguen.
—¿Son muy numerosos los que os siguen?
—No lo sabemos todavía.
—¡Bah! Somos seis. Se encuentra junto a nosotros el León de Damasco… ¿Qué podemos temer? Por otra parte, pienso que el visir no habrá lanzado en vuestra persecución a toda la caballería. ¿Estarán bastante distantes esos perros?
—Calculo que les llevamos unas millas de ventaja.