El León de Damasco

El León de Damasco

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—Kara —dijo a uno de sus cuñados el otro—, trae vino, puesto que aún tenemos. Es mejor para los cristianos que para los mahometanos.

—¡Bah! En la actualidad ya no hacen caso del Profeta: beben mayor cantidad de vino que de agua, os lo garantizo —observo Mico.

—No estoy seguro, joven —repuso el granjero, con una sonrisa—. Señor Muley-el-Kadel, es este vuestro autentico nombre, ¿verdad? ¿No será una indiscreción preguntar a que lugar vais?

—Hacia Capso. He de entrevistarme con Sebastián Veniero. ¿Le encontraremos en la ensenada aún?

—Si. Sus ocho galeras se hallan ancladas todavía allí, aunque con las velas a medio desplegar.

Los cuñados regresaron, portando un cántaro de aquel exquisito vino, que de tal forma complacía incluso a los turcos, y unas tazas de madera. Damoko las lleno y brindo de la siguiente manera.

—¡Por la destrucción del Islam!

—¡Por su destrucción! —repitieron el albanés y el griego.

El León de Damasco se sintió incapaz de brindar por la destrucción de su raza. Pero, no obstante, bebió.

—¡Silencio! —exclamo el granjero, en tanto que cogía la fusta y la hacia restallar.


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