El León de Damasco
El León de Damasco —Sienten aproximarse a los turcos, ¿no es cierto? —inquino Nikola.
—Si. Husmean a esa chusma a distancia. Pero no supongáis que esta noche va a ocurrir la menor cosa. Los mahometanos son en exceso amantes de la luz y no los veremos aparecer hasta que salga el sol. Espero poder prepararles una buena trampa y, en el supuesto de que saliera mal, deberÃamos hacer uso de las armas y se hará lo que se pueda. ¿Que opináis, señor Muley, vos que desde pequeño habéis estado en medio de combates?
—Explicaos, Damoko.
—Un instante, señor. Tú, Kitar —indico a uno de sus cuñados—, ve a parar el reloj del campanario.
—¿Con que objeto? —exclamo el griego, sorprendido—. Deja sonar la campana.
—No. Cuando los escasos aldeanos que pudieron escapar a la ferocidad turca y que se encuentran a poca distancia de aquÃ, dejen de oÃr la hora en el antiguo reloj, advertirán que algo grave nos acontece y acudirán con premura, y aunque, en verdad, pocos, son resueltos y vendrán en nuestra ayuda. Estoy seguro de ello.
—¿Se trata de una señal? —inquirió el León.
—Si, señor Muley, y si…