El León de Damasco
El León de Damasco Se callo de improviso. El antiguo reloj, antes que lo pararan, quiso cumplir con su secular obligación. El sonido de su broncínea campana repercutió de un modo extraño en la casa, haciendo gruñir a los mastines. Después la onda sonora expandió su eco por el campo.
—De aquí a una hora saldrá el sol y aparecerán los turcos.
Y tras pronunciar aquellas palabras, Damoko se dirigió a las cántaras las destapo y, luego de olerlas, dejo tres al descubierto, explicando.
—Estas solamente han contenido agua.
—¿Que planeas? —le interrogo Nikola.
—¿No te parece que en estas tinajas panzudas cabe muy bien un hombre?
—¿Y crees acaso que al llegar los turcos no las destaparan?
—En el instante que observe que piensan hacerlo, desatare a los perros e iniciaremos el combate. Mis mastines son formidables auxiliares. Al fin y al cabo, morir mañana, hoy, o cualquier otro día es lo mismo. De todas maneras nuestra vida a pesar de haber abjurado, se encuentra siempre pendiente de un hilo con esa canalla.
Kitar y Kara entraron a un tiempo. Ambos, robustos y vigorosos y ya habituados a la lucha aunque aún eran jóvenes, tenían una apariencia de absoluta tranquilidad.