El León de Damasco
El León de Damasco —Estás en lo cierto —aprobó el segundo marinero—. Los cristianos son magnÃfica presa y valen buenos cequÃes.
—¿Qué pretendéis? —inquirió el griego, que no hacÃa el menor esfuerzo por librarse.
—¿Qué pretendemos? ¡Ja, ja, ja! ¿Acaso has topado en tu vida, Quitab, con un hombre tan necio como este?
—No.
—Yo tampoco. Señor maestre del bajá, vamos a regalar vuestro pellejo. Las cabezas de los candiotas se pagan a un cequà cada una, y con un cequà unos pobres marineros como nosotros tienen para beber vino de Chipre, igual que lo bebe nuestro sultán durante toda la semana.
—¿Y dónde se paga a un cequ� —indagó Nikola.
—En la nave del almirante.
—De esa manera, cuando el bajá vea mi cabeza ordenará que os empalen.
—Poco a poco, marinero de agua dulce, que jamás en tu vida estuviste a bordo de una galera. Ya comprobaremos si la cabeza que llevamos no la paga. ¡Venga, asqueroso cristiano! ¡Basta de cháchara y prepárate a morir!
—Has hablado perfectamente. Yo no deseo perder el cequÃ.