El León de Damasco
El León de Damasco —¿De qué forma le acomodamos?
—Tengo una idea —adujo Quitab—. Yo jamás he visto una cabeza cristiana saltar en pedazos igual que una granada.
—¿Y qué? —inquirió el de la barba, con alguna inquietud.
—Pongamos en sus manos dos de nuestras pistolas y obliguémosle a que se salte la tapa de los sesos.
—¡Miserables! —barbotó el griego, haciendo un intento desesperado por librarse.
—De esta manera —continuó Quitab— la cabeza seguirá siendo cristiana y la cara quedará totalmente irreconocible. En el supuesto de que no obedezca le degollaremos con nuestros yataganes.
—Considero mejor otra cosa —rebatió el de la barba—. Lo amarramos al ancla de nuestra chalupa y lo hundimos suavemente en el mar y ya verás que rápidamente los cangrejos y otros animaluchos le desfigurarán la cara.
—Razonas con tanta insensatez como un gato de Angora. El bajá podrÃa alegar que habÃamos capturado un cadáver cualquiera hace más o menos tiempo. Entonces ¡adiós cequÃ!
—Hablas tan bien como el mismo Mahoma. Pero, oye, Quitab, ¿piensas que la cabeza quedará presentable?
—Estoy seguro.