El León de Damasco
El León de Damasco —¿Incluso con nuestros pistolones? ¿Te apuestas el cequí?
—Va apostado.
—Pues vamos a comprobar cómo estalla una cabeza humana.
—Encendamos las mechas.
Soltaron al griego, el cual, por otra parte, no podía huir con facilidad, encontrándose como se encontraba en la cumbre de la escollera, y prepararon sus armas con absoluta tranquilidad, como si se tratase de matar a un perro sarnoso.
—¿Qué debo hacer? —interrogó Nikola una vez que vio encendidas las mechas.
—Saltarte la tapa de los sesos —repuso el tipo de la barba—. Hemos apostado respecto a tu cabeza, y como es lógico ni mi compañero ni yo deseamos perderla. Pero has de dispararte ambas pistolas al mismo tiempo; así que, ¡ea!, cierra los ojos y aprieta el gatillo.
—Entregádmelas. Estoy ya muerto.
Los marineros le dieron las pistolas por la culata y el barbudo exclamó:
—¡Salta ese coco, cristiano!