El León de Damasco
El León de Damasco —¡Bah! ¡A mà no se me engaña con semejantes palabras! Dime dónde se hallan esos malditos cristianos. Quiero averiguarlo y me enteraré, aunque para ello haya de desollarte vivo.
—Desuéllame.
—No tengo prisa —repuso ella, casi con una sonrisa—. Vamos a ver. Tú conoces dónde se encuentra el hijo de tu señor. ¿Se encuentra en Italia o en Oriente?
—Ya te indiqué que no sé nada.
—¡Perro! ¿Entonces deseas la muerte?
—Mi padre murió luchando contra los curdos; su hijo morirá asesinado por sus propios compatriotas. La muerte no amedrenta al guerrero.
—¿Piensas hablar?
—No me importa. Puedo explicarte, si asà lo deseas, que los curdos de la estepa fastidian mucho a los damascenos; te lo garantizo.
—¿Qué me interesa a mà esa tribu salvaje, que tantas molestias ha dado a los sultanes?
—En tal caso, ¿te puedo explicar que en Basora las gallinas engordan extraordinariamente en los soberbios arrozales?
—¡Ah! ¿Tienes el valor de mofarte de la sobrina de Alà Bajá? —exclamó Haradja con voz sibilante—. Ahora verás. ¡Metiub! ¿Dónde se encuentra Hamed? ¡Rápido!