El León de Damasco
El León de Damasco «¿Tal vez habrán desembarcado todos y nos estarán persiguiendo desesperadamente? —se decÃa a sà mismo—. Me gustarÃa más oÃr el zumbido de la metralla por encima de mi cabeza».
De aquella manera caminaron una milla y se encontraron de improviso de nuevo entre rocas.
—Estas pueden también servirnos de parapeto si aparecen los turcos.
—Pero avanzaremos con gran dificultad, Nikola.
—¿Acaso por las montañas de Albania camináis por encima de alfombras persas?
—No, claro está.
—En tal caso camina y no te quejes.
En aquel preciso momento oyeron el estruendo de la culebrina del falucho; más a escasa distancia.
—¡Por la muerte de Mahoma! Nos han venido siguiendo.
—¿Estarán enterados de que tenemos que ir a la ensenada de Capso?
—Estoy seguro de ello.
—¿Y no nos será posible librarnos de esos bribones?
—Ya se verá. Mientras tanto, métete entre esas rocas y descansa. Dejemos que la falucha pase de largo.