El León de Damasco

El León de Damasco

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—Sería una temeridad. Esos perros mahometanos pueden aparecer por donde menos lo pensemos y hacernos caer en algún lazo.

Se alejaron de la cresta, adentrándose en el campo. No tardaron en encontrarse en la viña y se escondieron entre los pámpanos. Devoraron uvas con avidez. Estas eran excelentes y se caían de maduras.

—¿Distingues algo, Mico?

—Sí. Un soberbio racimo que me está tocando la nariz.

—En tal caso come sin temor, acompañando las uvas con la galleta que te di.

—¿Y si acuden los turcos a quitarnos el desayuno e incluso la piel?

—Los expulsaremos de nuestra propiedad a tiros. El propietario de esta viña habrá sido, al igual que otros muchos candiotas, miserablemente asesinado y, en consecuencia, podemos apoderarnos de ella en tanto que se presenten a reclamar los verdaderos herederos.

—Posiblemente los habrán asesinado también.

—Es lo más probable.

Comieron, y no viendo surgir a nadie ni percibiendo el estampido de la culebrina del falucho, reanudaron la caminata, escondiéndose entre las vides, que los resguardaban con su sombra. Pero el mutismo del cañón no complacía o, para mayor exactitud, no tranquilizaba al griego.


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