El León de Damasco
El León de Damasco —SÃ. Y asà después regresará para asesinarnos más fácilmente. ¿No te das cuenta de que ya empiezan a desaparecer las estrellas? En cuanto amanezca dispararán sobre nosotros sobre seguro.
—Hacia las rocas, y gastarán tiempo y municiones.
—Eso desearÃa saber. Esperemos hasta el alba.
Empezaba a clarear con rapidez y el horizonte se coloreaba de púrpura, gracias a los primeros rayos solares. Nikola, que se habÃa incorporado para orientarse, lanzó una maldición.
—¡No me esperaba semejante sorpresa!
Delante de ellos, cortando el camino, habÃa una sucesión de barrancas y abismos infranqueables. O retornaban otra vez al viñedo para orientarse o descendÃan a la playa. No les quedaba otro remedio y ambos eran arriesgadÃsimos.
—¿Qué es lo que dices, Nikola?
—¡Que por aquà nos es imposible ir a Capso! FÃjate.
—Descendamos a la costa.
—¿Y la culebrina?
—Inclinaremos la cabeza a cada disparo. No desperdiciemos el tiempo, Nikola. Tengo la certeza de que un buen número de tripulantes vienen en nuestra busca.
—Yo también estoy convencido.
—Pues, ¡vamos abajo!