El León de Damasco
El León de Damasco Cambiaron las mechas de sus armas, las volvieron a encender y se dirigieron a la carrera hacia la costa, para escalarla. Al llegar allà distinguieron a un centenar escaso de metros el velero turco.
—Nos han seguido —dijo Mico—. Esos miserables poseen ojos de gato y olfato de perro.
De la proa del falucho surgió una nubécula y a continuación distinguieron un disparo. Los fugitivos habÃan echado cuerpo a tierra y la bala desapareció en el barranco, levantando una nube de polvo.
—Corramos —exclamó el griego.
—¿Qué corramos? ¿No te has dado cuenta de que a nuestras espaldas hay cuatro hombres?
—¿Son turcos?
—Como Mahoma.
—Enfrentémonos a ellos —repuso Mico.
Se protegieron detrás de una roca que los resguardaba de los proyectiles de la embarcación y esperaron. Cuatro hombres provistos de arcabuces que tenÃan las mechas encendidas avanzaban cautelosamente por el abrupto terreno, deteniéndose de cuando en cuando tras de las rocas.
—¿Quién vive? ¿Sois turcos o cristianos?
Los cuatro hombres estallaron en risas y uno de ellos contestó: