El León de Damasco

El León de Damasco

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—¿Vamos a llevar sobre el pecho la maldita cruz? No, granujas. Llevamos la media luna y os demostraremos que nos defiende el Profeta.

No puede saberse cuánto tiempo hubiese prolongado su risotada si no la hubiera interrumpido de improviso el griego descargando su arcabuz, luego de apuntar con cuidado. El desdichado dio un salto, abrió sus brazos, abandonó su arma, que no tuvo ocasión de disparar y se desplomó en tierra, de donde ya no se movió. Sus compañeros, algo amedrentados por la exactitud del disparo, en lugar de continuar avanzando, retrocedieron, resguardándose detrás de una roca, mientras exclamaban:

—¡Perros cristianos! ¡Os desollaremos vivos!

Dos nuevos estampidos se oyeron y un par de los tres turcos parapetados cayeron en tierra, heridos de muerte al parecer.

—¡Magnífico, Mico! —aprobó el griego, terminando de cargar su arcabuz.

Pero no tuvo oportunidad de dispararlo, ya que el cuarto turco, con el fin de escapar a la muerte, echó a correr igual que una liebre y se precipitó en el barranco.

—Déjalo, Nikola. Esa bala puede ser empleada de mejor manera —dijo el albanés al ver que el griego apuntaba con su arma al fugitivo.


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