El León de Damasco

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—Tienes razón. Si no se destroza la cabeza, dejemos que se aleje hacia el interior de la isla. Cualquier candiota, más pronto o más tarde, topará con él y será hombre muerto.

Un nuevo disparo de la culebrina cruzó los aires. La bala cruzó por entre las rocas y se perdió en lontananza con lúgubre zumbido.

—Ahorremos nuestros tiros —recomendó el griego, echando a correr por la cresta de la costa—. Los arcabuces no alcanzan.

La falucha se había aproximado todavía más a la playa, a pesar de la fuerza de la resaca y los innumerables escollos y estaba efectuando bordadas. Los tripulantes de ella, al ver surgir a los dos perseguidos, empezaron a lanzar grandes voces conminándoles a que se rindieran e hicieron una descarga por no hallarse la culebrina en posición de disparo. Pero como el griego lo había adivinado, los proyectiles fueron a parar a mucha distancia de los hombres, ya que los arcabuces tenían escaso alcance.

Mico y Nikola, con la máxima celeridad que les era posible, atravesaron tres o cuatro hendiduras por entre las cuales aún podía alcanzarles algún proyectil disparado por la culebrina y después esperaron.

—Dejemos que se aproximen y que apunten. Ya no nos cogen.


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