El León de Damasco
El León de Damasco —¡Con tal de que no nos conviertan en una criba con una granizada de metralla! —adujo Mico.
—La metralla no llega hasta este lugar y la bala es muy difícil que acierte desde el velero que se halla en continuo movimiento cuando hay que apuntar a un blanco tan pequeño como el que nosotros podemos ofrecer.
Desde el falucho efectuaron un nuevo disparo y la bala se estrelló en la roca a breves pasos de los fugitivos.
—¡Por las barbas de Mahoma! ¡Vaya artilleros! ¡Magnífica puntería!
—¡Vamos! Una carrera más mientras vuelven a cargar.
Se precipitaron por la cresta de costa que presentaba mejor paso y corrieron sin amedrentarse por las intimaciones de los turcos. Habían realizado cuatro o cinco veces la misma maniobra, evitando los disparos de la culebrina y avanzando mucho terreno, cuando de improviso se pudieron oír una serie de fuertes estampidos.
—¡Fuego de borda! —clamó el griego—. ¿Qué ocurre? ¿Acude el bajá?
—Se trata del León de San Marcos, que llega en nuestro socorro. Fíjate, fíjate…