El León de Damasco

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Una galera de grandes proporciones, de la cual aún surgía humo a consecuencia de los cañonazos disparados, doblaba en aquel instante la punta de un promontorio, avanzando rápidamente en dirección al falucho, que, acribillado por los proyectiles de la nave enemiga, no podía darse a la fuga ni moverse.

—¡Viva Venecia! —gritó Mico, quitándose la gorra.

De la galera, que avanzaba a gran velocidad, surgió una segunda descarga y el falucho realizó una serie de vueltas y, por último, se fue a pique con sus tripulantes.

—Descansen en paz —comentó el albanés, mientras adelantaba unos pasos convencido de que la culebrina turca no podía ya ocasionarles el menor daño— y que lo pasen muy bien con las huríes del paraíso.

La galera veneciana se había aproximado, echó al agua una embarcación grande y la envió en dirección del falucho. Mico y Nikola empezaron a bajar hacia la playa sin dejar de gritar, por si acaso, con todas sus fuerzas:

—¡Cristianos! ¡Cristianos!

Los venecianos no disparaban y ambos hombres pudieron alcanzar ilesos la playa y dirigirse a la chalupa, que había lanzado el ancla para soportar mejor el choque de la resaca.

—¿Quiénes sois? —inquirió el capitán.


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