El León de Damasco
El León de Damasco En aquel tiempo era primer año de sitio y se combatía por ambas partes con tremenda energía, pereciendo por millares ante los fosos los turcos, tal como hemos visto explicar al bajá de Damasco.
En el momento en que Haradja alcanzaba el puerto, una densísima nube de humo cubría totalmente a Candía tornándola invisible.
Retumbaban las culebrinas turcas y también las venecianas, y estallaban las minas otomanas para abrir, tras doce meses de asedio, la primera trinchera, frente a la cual habían ya sido abatidos veinte mil turcos.
Metiub, en extremo práctico y conocedor de aquel puerto, hizo avanzar la galera de su señora por entre las que cañoneaban la ciudad para ayudar a los jenízaros, hasta abordar la del almirante. Una vez en aquel punto dijo a Haradja, con una ligera ironía:
—Te hallas en tu casa.
El bajá, conocedor ya de la llegada de su sobrina, había ordenado que se retrasara la cena y salió al instante al encuentro de la fiera castellana. Esta y su capitán treparon con la agilidad de gavieros por la escala de cuerda.
Alí Bajá contaba cincuenta años; pequeño, si bien fornido y robusto, de bronceada piel y barba rala, era de procedencia argelina y experto naviero, a la par que el valeroso caudillo.