El León de Damasco
El León de Damasco Viendo subir a Haradja, le ofreció cortésmente la mano y dijo:
—Tengo al hijo del León.
—¿No lo has desollado? —inquirió con acento risueño su sobrina.
—¿Quién ha sido capaz de presumir semejante cosa?
—Mi capitán de armas.
—En tu lugar le habría yo lanzado al mar.
—Es demasiado necesario —repuso la joven, tras haberse cerciorado de que Metiub se había marchado con la tripulación y no podía escucharla—. ¿Dónde se encuentra el chiquillo?
—En una de mis cámaras. ¿Y el baja de Damasco?
—Le tengo en los subterráneos de Hussif.
—Eres tremenda, sobrina.
—Digna familiar de Ali Baja.
Una sonrisa de complacencia ilumino las curtidas facciones del Gran Almirante otomano.
—Lo cierto es que das mucho que hablar.
—¡Bah!
—¿Deseas ver a la criatura?
—Al momento. ¿Cuándo le recibiste de los hombres que envíe a Venecia para secuestrarle?
—Hace un par de días.
—¿Cómo consiguieron entrar en Venecia?
—Simularon ser epirotas.