El León de Damasco
El León de Damasco —¿Y no tuvieron el menor obstáculo?
—No. Sin muchas complicaciones lograron sacarle del palacio que tú indicaste.
—¿Sin necesidad de matar a nadie?
—¡Oh! Únicamente a la nodriza o, para ser más exacto, a la niñera, puesto que el crÃo ya esta destetado.
—Vamos a verle.
—¡Que ardor! ¡Que apresuramiento!
—No poseo yo tanta sangre frÃa como un almirante.
—Estas en lo cierto. Vamos.
Cruzaron una parte de la popa, pasando ante Metiub que se hallaba cenando queso y pan, y, abriendo la puerta del camarote, el bajá dijo:
—Este es el camarote probablemente esta durmiendo. No lo despiertes.
Se trataba de una reducida estancia, alumbrada por una lámpara cubierta de vidrio opaco de Venecia para tornar más tenue la luz, y encima de una pequeña litera distinguió Haradja al hijo de su aborrecido enemigo tapado con una ligera colcha de seda amarilla. La joven se acerco al instante, con tan vehemente movimiento, que por un momento el bajá temió algún acto de violencia por parte de su sobrina.
—Te advierto —anunció— que yo velo por la vida de este pequeño prisionero.