El León de Damasco

El León de Damasco

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Haradja descubrió la cabeza de la criatura, que casi no aparentaba tres años y que tenía unas bellas facciones, a las que servían de marco unas oscuras y sedosas guedejas. Su cuerpo, bien desarrollado, estaba vestido con una camisa de seda blanca, ornada de soberbias blondas.

—Muy hermoso y desarrollado esta el crío, ¿eh? —comentó el bajá—, como hijo de un héroe mahometano y una heroína cristiana. ¡Lastima que no se casara contigo!

—Calla, tío —contesto la muchacha, contemplando con odio al niño.

—No podrás afirmar que no es bello. La sangre mahometana unida a la cristiana suele producir robustos frutos. Nosotros, y ellos también, somos raza de guerreros y… Pero ¿has terminado de contemplarle ya?

Haradja soltó la cubierta, que mantenía levantada, con un brusco gesto, como si pretendiese de aquella forma despertar a la criatura. Después, cruzándose de brazos, examino a su tío y exclamo:

—Diríase que tú no sientes odio por el que llamas tu prisionero.

—Y se diría bien, puesto que no siento el más mínimo odio hacia él —repuso el almirante—. ¿Tal vez no corre por sus venas sangre otomana?

—Si, pero unida a sangre cristiana.


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