El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay —Te garantizo un éxito enorme, Cardoso. ¡Por Baco!
—¡Vaya un recibimiento que tendrán unos aeronautas que llegan de la otra orilla del Océano!
—Los periódicos publicarán nuestras peripecias y se venderán, en las calles nuestros retratos.
—No seas guasón.
—¡Las olas! —exclamó en aquel momento el agente del gobierno.
—¡Ah, demonio! —dijo Diego—. Me habÃa olvidado de que nuestro enfermo pierde fuerzas constantemente. ¡Tira cualquier cosa, Cardoso!
El muchacho cogió lo que restaba de la provisión de galleta y la arrojó a los peces. El globo se volvió a elevar a los mil trescientos metros, y encontrando una comente de viento más rápida voló hacia la costa, que ya se distinguÃa claramente.
Comenzaba a alborear. El mar perdÃa su tinte sombrÃo, los astros palidecÃan, las tinieblas se desvanecÃan y por el aire se veÃa volar y se oÃa chillar a las aves costeras anunciando la aparición del sol.
A las cuatro, el globo se encontraba a pocos centenares de brazas de la costa. Diego, Cardoso y el agente del gobierno clavaban sus miradas en aquella tierra que parecÃa prolongarse.