El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay LA DESAPARICIÓN DEL AGENTE DEL GOBIERNO
Eran las cuatro de la tarde.
El aeróstato, después de recorrer un centenar de millas en el espacio de cuatro horas, volvió a empezar a descender, y esta vez, como con sazón había dicho el maestro, para no elevarse de nuevo, porque ya no había nada que arrojar, dado que hasta la barquilla había sido precipitada a la pradera.
Medio desinflado, todo convertido en pliegues, no adelantaba sino a costa de esfuerzos, más empujado por el viento que sostenido por el gas, ahora reducido a una cantidad exigua. Pero descendía gradualmente, metro a metro, intentando alguna vez volver a elevarse, pero para caer en seguida más bruscamente.
Dentro ele un cuarto de hora o, a lo más, de media hora, todo habría terminado.
—No hay que desesperarse —dijo Cardoso—. Demasiado ha durado el pobre globo y esto río tenía más remedio que suceder; ninguno de nosotros lo ignoraba.
—¡Ah! —exclamó el maestro—. Si encontrásemos algún medio de regenerarle.
—No veo par aquí ningún gasógeno; por más que miro a todas partes. Creo, marinero, que hay que preparar las piernas y cargar los fusiles para no caer inermes en cualquier emboscada. ¿Yes algo?
—La pradera me parece desierta, por fortuna.
