El tesoro del Presidente del Paraguay

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—Se equivoca usted —dijo el agente del gobierno.

—¿Qué ves? ¿Acaso indios?

—Me parece que veo un rancho.

—¿No esconderá indios? —preguntó Cardoso.

—No lo creo —respondió Diego, que observaba con atención la cabaña, la cual se levantaba en medio de una espesura de cardos a cerca de seis kilómetros hacia el Sur.

—Pues, ¿quién la habitará?

—¡Quién sabe! Acaso pastores argentinos, aunque me parece un poco extraño que se hallen a tanta distancia de la frontera. También veo un corral en buenas condiciones, si la vista no me engaña.

—Y también dos caballos —añadió el agente del gobierno.

—Preparemos las armas y esperemos —respondió el maestro—. El viento nos lleva precisamente sobre el rancho e iremos a caer en sus cercanías. Ahora veo salir humo do la cabaña, ¡mira!

—Estarán preparando la cena. Te aseguro, marinero, que le liaría honor si me convidasen. ¡Oh! ¡Oh! ¡Firme, globo mío! ¡Qué demonio! No tenemos tanta prisa por descender.

—¡Nos precipitamos! —exclamó el maestro—. ¡Sosténganse firmes en las cuerdas!


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