El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay El aeróstato, en efecto, caía con rapidez como si el gas se fugase por alguna abertura grande. Descendió como unos treinta metros, después se detuvo un momento y volvió a caer otros trescientos en pocos instantes, y se puso a cabecear, describiendo con la cola círculos concéntricos.
—¡Ah, demonio! —exclamó Cardoso—. Parece que el globo tiene una terrible borrachera.
—Gira como un barco cogido por un tifón —dijo el maestro—. Mala señal, hijo mío.
—¿Qué temes?
—¡Qué sé yo! Pero tengo miedo de que esto no acabe bien.
—¿Irá a tumbarse?
—Esperemos que no. ¡Ahora!… ¡Mantengámonos firmes!
El globo había; vuelto a descender con gran rapidez y esta vez parecía que no hubiera de detenerse. El maestro, Cardoso, y hasta el impávido señor Calderón, comenzaban a inquietarse.
—Nos coparán —dijo el muchacho, que no se sentía en vena de bromear.
—O mejor, nos estrellaremos contra el suelo —añadió el agente del gobierno—. ¿No hay ya nada que tirar?
—Cinco cajas de galleta, las armas y las municiones —respondió el maestro.