El tesoro del Presidente del Paraguay

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—No serán suficientes para detener la caída.

—¡Yo de las armas no me deshago a ningún coste, señor! ¡Oh! Una idea.

—Echala fuera, marinero —dijo Cardoso—. Despáchate, que la pradera se acerca con velocidad espantosa.

—Trepemos hasta la red. Cuando toquemos tierra, lo hará primero el globo, y entonces nos dejaremos caer en la hierba, que es alta y muy espesa.

—Con tal de que el aeróstato no se desequilibre y se tumbe.

—No temas, muchacho. Ya haremos de modo que se mantenga en equilibrio.

—Entonces, ¡a la red y que Dios nos proteja!

Abandonaron precipitadamente el aro y trepando par las cuerdas se encaramaron a la red, que cubría más de la mitad del aeróstato.

—¿Están ustedes ahí? —preguntó el maestro, que no podía ver a los compañeros que estaban al otro lado.

—Sí —respondieron a una el muchacho y Calderón.

—Estén preparados para soltarse a mi voz de mando, o el globo se llevará por el aire a alguno de nosotros.

—Estaremos dispuestos —respondió Cardoso.


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