El tesoro del Presidente del Paraguay

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El globo descendía constantemente sin refrenarse, como si tuviera prisa por descansar en la verde pradera. Parecía que una gran columna de aire lo empujase contra la tierra y que otra lo aspirase por debajo. La distancia disminuía con fantástica velocidad. No estaban ya más que a cien metros y caían con igual aceleración.

—Marinero —exclamó Cardoso, que miraba con cierto terror la pradera que parecía venir rolando a su encuentro.

—Presente —respondió el maestro.

—Me parece que la cabeza me da vueltas.

—¡Manténte firme, hijo mío! ¡No ocurrirá nada…, la pradera es blanda! ¡Atención!…

Los cien metros desaparecieron en un relámpago. El aeróstato se hundió entre las hierbas que alcanzaban dos metros de altura. La cola se chafó, ensanchándose hacia los costados casi hasta reventar. Estuvo un momento inmóvil, pero aquel momento bastó.

—¡A tierra! —tronó el maestro.

Dos cuerpos rodaron por la hierba, pero otro quedó entre las mallas de la red.

El globo, descargado de aquel peso, dio un salto en el aire, llevándose al hombre que no se había dejado caer a tiempo y que se agitaba desesperadamente como si tratase de desembarazarse de alguna ligadura.

Un grito resonó en el aire.

—¡Auxilio! ¡Auxilio!…


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