El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay —Tiene sus pistolas y sabrá defenderse. Es hombro de pocas palabras, pero que ha demostrado ser valiente.
—¡Pobre señor Calderón! Le compadezco de corazón, aunque no me es muy simpático.
—Te digo que le buscaremos, Cardoso, aunque tuviésemos que caminar hasta el estrecho de Magallanes.
—¿Y entre tanto, qué vamos a hacer?
—La noche llega rápidamente, y el hambre llama a nuestras puertas; busquemos el rancho y pediremos hospitalidad. ¿Tú puedes andar?
—Me parece que nada se me ha roto en las piernas.
—Tanto mejor. ¿Te acuerdas hacia dónde está el rancho? Metido entre esas hierbas no veo más allá de la punta de mis narices.
—Me parece que cuando caÃamos estaba a nuestra derecha, pero no puedo asegurarlo. En aquel momento la cabeza me daba vueltas como si hubiera bebido una botella de ron.
—Súbete sobre mis hombros y echa una mirada por encima de este mar de vegetación.
Cardos o trepó con la agilidad de un mono sobre los hombros del marinero y se puso en pie manteniéndose en equilibrio.
—Allà abajo está —dijo.
—¿Muy lejos?