El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay Iba vestido y armado como el primero y también se le parecÃa en las facciones.
Al divisar a Diego y al muchacho hizo un gesto de asombro, y después saludó cortésmente con un «Buenas noches, señores».
—Mi hermano —dijo el gaucho que guiaba, mientras el otro hacÃa una inclinación de cabeza.
—Bien venido, señor —contestó Diego quitándose la gorra—, y acepte usted también nuestro agradecimiento.
—Me felicito de verles todavÃa vivos —contestó Ramón—. ¡Caray! Hubiera jurado que ya se habÃan ustedes matado.
—¿Nos ha visto usted caer del cielo?
—SÃ; estaba observando los caballos en el corral cuando vi al globo caer en la pradera, y luego volverse a elevar y desaparecer hacia el Sur. Pero me pareció que eran tres los hombres. ¿Ha muerto su compañero de ustedes?
—No, señor. Ha quedado en el globo.
—¿Acaso él no querÃa volver al suelo?
—También tenÃa deseos; pero me parece que se enredó en las mallas de la red.
—¿Y dónde está ahora?
—¿Quién lo sabe? Sin duda, muy lejano de aquÃ.
—¿Y no descenderá?