El tesoro del Presidente del Paraguay

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Itero en el centro, sobre un hermoso fuego se concluía de asar un enorme pedazo de carne que expendía un perfume apetitoso.

Apenas entrados los dos gauchos, ofrecieron cortésmente a los marineros los dos cráneos de búfalo, rogándoles que se sentaran y excusándose por no poderles acomodar en asientos más blandos.

—¡Bah! —exclamó el maestro, al que había puesto de buen humor la amabilidad de aquellos hombres selváticos y el asado que parecía a punto—. Estamos acostumbrados a sentamos en el duro suelo y hasta dormir sobro la tierra, ¿no es verdad. Cardoso?

—No somos muy delicados —respondió el chico—. En el mar se endurece la piel y los huesos se hacen de acero.

—Permítanme que les ofrezca un pedazo del asado[6] que habíamos preparado para nuestra cena —dijo el gaucho Ramón—. Siento no poder ofrecerles nada mejor, pero en este condenado país no se puede encontrar absolutamente nada, ni siquiera un sorbo de cada.

—Haremos igualmente honor a la cena, se lo aseguro —respondió Cardoso, moviendo las quijadas—; hace sus buenas diez horas que no metemos nada en el saco. ¡Oh! Si estuviera aquí el señor Calderón, se alegraría mucho de meter el diente en este asado.


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