El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay —Me emboscarÃa en cualquier matorral y romperÃa un fuego infernal contra esos bandidos.
—Son demasiados, Diego. Lo mejor es que continúe usted huyendo hacia el rÃo Negro y lo atraviese antes que ellos.
—Si podemos. Mi caballo empieza a dar señales de cansancio.
—Acaso los indios corran todos detrás de mÃ. Usted, en tanto, corra siempre en lÃnea recta y si le es posible cruce aquella altura que se ve en el fondo. Acaso allà encuentre usted algún escondite.
—¿Y dónde nos reuniremos?
—Al otro lado del rÃo.
En lontananza se oyó otra detonación, acompañada de un aullido de furor.
—Pedro se hace sentir —dijo Ramón—. ¡Adiós, Diego, y si no me matan cuente usted conmigo!
—Gracias, buen amigo, y estad seguro de que no olvidaré lo mucho que le debemos.
Ramón hizo seña al maestro para que pasara adelante y en seguida él volvió atrás bruscamente como si quisiera cargar contra los indios.
Pocos minutos después, Diego, que habÃa continuado la carrera, oyó un tiro de trabuco y volviéndose vio a Ramón, huyendo a carrera tendida hacia el Oeste seguido por una banda de jinetes.