El tesoro del Presidente del Paraguay

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—Si consigo llegar a ella antes de que se me echen encima todos esos bribones, puedo esperar salvar la piel —se dijo—. Desde aquí no veo espesura que pueda servirme de escondrijo. ¿Y Ramón?

Miró hacia el Oeste y vio sombras fugitivas. Después oyó una segunda detonación.

—¡Bueno! —murmuró—. Ese valiente gaucho dará mucho que hacer a sus perseguidores.

En tanto, los patagones, que parecían haber comprendido su intención, adelantaban siempre y ya oía las voces con que excitaban a los corceles. Las dos puntas del semicírculo estaban ya muy delante y diseñaban el movimiento para cogerle en medio. Algunos jinetes no distaban ya más de cuatrocientos pasos, y uno, el más cercano, lanzó una bola que cayó a mitad de distancia.

Diego, aunque asaltado por aciagos presentimientos y comenzando a perder las esperanzas, no cesaba de espolear al caballo. Desgraciadamente, éste, cargado con doble peso, no podía más y jadeaba fuertemente. En ciertos momentos el marinero lo sentía temblar y se veía obligado a sostenerle con el apoyo del bocado.

Debía ser media noche cuando llegaba al pie de la altura que tenía unos trescientos o cuatrocientos metros de elevación, completamente aislada y cubierta aquí y allá de arbustos y algarrobos salvajes.


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