El tesoro del Presidente del Paraguay

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CAPÍTULO XVII

EL HIJO DE LA LUNA

Un espectáculo extraño, completamente nuevo para aquellos salvajes, que no habían visto nada, fuera de sus desmesuradas praderas, de sus ríos y de las estrellas, se ofrecía a sus miradas estupefactas.

Sobre el horizonte, a una milla de distancia, había inesperadamente aparecido un globo de dimensiones enormes para aquellos ingenuos hijos de las praderas que nunca habían visto en el aire un astro mayor que la luna o el sol. Avanzaba con notable velocidad en dirección al campamento, contoneándose marcadamente, sostenido a solamente doscientos o trescientos metros sobre la pradera, pero tendiendo a descender a medida que se acercaba.

¿Qué podía ser aquel astro de nuevo género que aparecía tan grande con una mancha negruzca en su superficie que la distancia no permitía, todavía, distinguir? He aquí lo que se preguntaba el jefe, el cual había permanecido en pie con los ojos desencajados y las facciones desfiguradas por el más profundo estupor que no dejaba de participar bastante del terror supersticioso.

Empero, aquel estupor fue de breve duración. El bravo patagón, de pronto, se estremeció, se reanimó y alzando los brazos gritó con voz tañante:

—¡Hijos de Tehuls, no os asustéis! La luna se digna visitar a los hijos predilectos de Vitamentrú. ¡A caballo! ¡A caballo!


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