El tesoro del Presidente del Paraguay

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Al oír las voces de su jefe, los guerreros se pusieron en pie de un brinco, dando ensordecedores gritos, soltaron los caballo, subieron en la silla, empuñaron las picas y se lanzaron detrás del jefe, intrépidamente a través de la pradera para, recibir dignamente al astro que se dignaba visitar a los hijos de las pampas.

La supuesta luna estaba a pocos tires de fusil de distancia y descendía con lentitud. Encaramado en la red veía a un hombre que parecía observar con atención a los jinetes que salían a su encuentro.

Llegado el jefe exactamente debajo de la luna, o mejor dicho, debajo del globo, como el lector habrá ya adivinado, alzó las manos hacia aquel hombre, gritando:

—¡Oh, seiascié[11]!

El hijo de la luna, que acaso no comprendía la lengua patagona, no respondió y siguió mirando a los jinetes, que continuaban al trote corto detrás del globo, volteando jubilosamente las lanzas. El jefe repitió la invocación en español rogando al seiascié que se dignase descender entre los hijos predilectos de Vitamentrú.

El hijo de la luna, esta vez, se dignó responder con un gesto afirmativo; pero el pobre hombre que, al parecer, no disponía de ningún elemento de descenso, no abandonó la red a la que se mantenía fuertemente agarrado.


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