El tesoro del Presidente del Paraguay

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El jefe se levantó y dio unas palmadas. La piel que cerraba La. tienda se alzó y el señor Calderón pudo ver un hermosísimo caballo que piafaba a pocos pasos de distancia, sujeto con trabajo por un guerrero de gigantesca estatura.

—Ven, ¡oh, hijo de la luna! —dijo el jefe.

El señor Calderón, aunque mejor hubiera querido echar un buen sueño, se levantó y salió, sin olvidarse de llevar consigo las pistolas con las cuales contaba para un caso de necesidad.

Aunque hasta entonces el jefe patagón se había mostrado lleno de atenciones para con él, éste comenzaba a experimentar inquietud por ignorar el motivo de aquella excursión misteriosa, aunque sabiendo bien que hubiera sido, no sólo vano resistirse, sino contraproducente, disimuló poniendo buena cara al mal tiempo.

Hauka examinó el caballo con la profunda atención del hombre inteligente, después le echó sobre el lomo una gruesa manta araucana, poniendo encima el tusk, que es una montura grande con armadura de madera, recubierta, de piel, y puso en la boca al corcel el bocado de madera, provisto de sólidas bridas de cuero trenzado.

Cogió en seguida al señor Calderón y, sin esfuerzo, lo montó en la silla, atándole a los pies dos extrañas espuelas, llamadas watercus, formadas por dos cilindros de madera, armados de un clavo muy afilado.


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