El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay El maestro le miró con los ojos húmedos, pero no contestó.
—Marinero —dijo el animoso muchacho—, ya sabes bien que yo no soy miedoso. Abre el pico y desembucha todo lo que sabes.
—Mi pobre Cardoso, temo que esto termine mal para nosotros. Estos paganos están furiosos contra mÃ, porque he matado o estropeado a tres o cuatro de sus compañeros y estoy seguro de que nos lo harán pagar caro. Mira qué ojeadas más torvas nos dirigen y qué fieramente empuñan sus armas.
—Es un poco duro, marinero, morir en manos de estos salvajes. ¡Oh, si pudiésemos contar con alguna ayuda!
—¿Y de quién, hijo mÃo? Los gauchos deben haber sido muertos, y aunque estén todavÃa vivos no se arriesgarán a venir aquà por nuestra, cara bonita.
—¿Y el señor Calderón?
—¡Quién sabe adonde habrá ido a parar el antipático agente del gobierno! Pero los patagones perseguÃan al globo. ¿Dónde habrá caÃdo éste? ¡Si estuviese aquà aquel condenado, acaso…!
No pudo concluir. Los patagones que le rodeaban y que parecÃan esperar una orden se arrojaron bruscamente sobre los desgraciados marineros que en pocos instantes se encontraron fuertemente atados.