El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay —¡Lo sé! ¡Malditos patagones! Es para volverse loco al pensar en el horrible martirio que nos han destinado estos feroces salvajes. ¡Comido por los peces! ¡Si al menos fuesen peces del mar y no peces del rÃo!
Después, como si hubiera exhalado toda su cólera en aquellas palabras, el digno maestro se dejó caer a tierra y no habló más. Cardoso, aunque no menos aterrado que su amigo, se puso a observar con atención el campamento y a los seis guerreros que habÃan puesto de guarida. El valiente muchacho maquinaba en su cerebro una arriesgada tentativa de evasión. Bien pronto, fingiendo tener sueño, se tumbó sobre la espalda, quitándose, empero, las manos de detrás y se dedicó lenta pero tenazmente a estirar las correas que le sujetaban, estirándose todo lo más que podÃa para hacerse más delgado.
Es verdad que después de libre tendrÃa que pelear con seis guerreros; pero él contaba con las propias piernas y sobre todo con los caballos que pacÃan a pocos pasos de distancia, ensillados, y dispuestos para partir.
A fuerza de uñas, y sin quitar ni un momento la vista de los guerreros, poco a poco consiguió deshacer un nudo, después otro, y por fin, un tercero, librando asà una pierna, iba ya a avisar al maestro de su éxito, cuando vio a los guerreros del campamento salir de las tiendas en completo atavÃo de guerra.