El tesoro del Presidente del Paraguay

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Por Oriente comenzaba a despuntar una claridad lechosa que hacía palidecer la luz de los astros; el sol iba a aparecer.

Cardoso lanzó una interjección. El maestro, despertado do aquella especie de estupor que le había invadido, se incorporó a medias y preguntó:

—¿Qué murmuras, hijo mío?

—Despunta el alba —dijo Cardoso entre dientes.

—¿Todo ha concluido, entonces, para nosotros?

—Parece que sí, Diego.

No tuvo tiempo de seguir. Los seis jinetes lo aferraron, bruscamente y lo elevaron a la silla de un caballo, sujetándole con otras correas.

—¡Miserables! —apóstrofo el marinero, intentando, aunque en vano, desprenderse de aquellos poderosos brazos.

Otros guerreros asieron después a Cardoso y lo cargaron sobre otro caballo.

—¡Adelante! —gritó el indio que el día antes había dirigido la caza del globo.

—¿Y el jefe? —preguntó una voz.

—Se nos reunirá en el río con el hechicero blanco —respondió el primer guerrero.

El maestro, que conocía a fondo el idioma de los tehuls, oyó aquellas palabras y al oír hablar de un hechicero blanco una repentina sospecha brilló en su pensamiento, haciéndolo nacer una remota esperanza.


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