El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay La cuerda se deslizaba por las manos de los patagones, pero lentamente. ParecÃa que aquellas execrables criaturas experimentasen un gusto diabólico en prolongar la agonÃa de los desventurados supervivientes del valeroso «Pilcomayo».
De pronto los dos prisioneros tocaron el agua y se hundieron en ella lentamente. Cardoso lanzó un grito horrible. Una turba de caribes se habÃa lanzado sobre él, desgarrándole furiosamente las ropas y picándote ferozmente en la carne.
—¡Diego! —exclamó el infeliz, haciendo desesperados esfuerzos para librarse de las ligaduras.
El maestro contestó con un verdadero rugido, rugido de dolor. También él habÃa sido atacado, y también para él comenzaba el horrible martirio de sentirse comer vivo, pedazo a pedazo.
De pronto se oyó una voz estentórea que gritaba:
—¡Deteneos! ¡Soy el hijo de la luna! ¡Está maldito el que los toque!
Un instante después los dos prisioneros, empapados en sangre, con las ropas agujereadas por muchas partes, fueron lentamente izados, y tendidos sobre la roca.