El tesoro del Presidente del Paraguay

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Era alto, desgarbado, y, si no tenía la estatura de los patagones, podía pasar por tal porque no le faltaba ni el manto nacional, muy hermoso, de color rojo interior y exteriormente, ni del wati, o gran cinturón, ni del chiripá. En los pies calzaba también grandes botas de podro de piel de guanaco, con el pelo rascado, distintivo de los hombres, y en la cabeza el kotchi, que es una larga venda blanca y que estaba dominado por un hermoso penacho de plumas de rhea, sostenido por grandes alfileres de plata y espinas de algarrobo.

Su cuerpo estaba completamente embarrado con tierra ocre, rojiza, punteada de negro, y en los brazos llevaba líneas azules, paralelas que parecían efecto de un tatuaje reciente. También su rostro estaba desfigurado por la pintura a manchones blancos y negros.

Algunos collares formados por huesos, que debían ser vértebras de serpientes, completaban aquel estrafalario atavío.

—Cardoso —dijo el maestro, que miraba con ojos atónitos—. ¿Quién será ese hombre?

—Es el que nos ha salvado, supongo —respondió el mozuelo, que se frotaba las caderas desolladas por los dientes de los mondongueros.

—¿Quién será ese hechicero blanco?

—Si no tuviese todas esas pinturas, juraría que es nuestro agente del gobierno, marinero.

—¿El señor Calderón?


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