El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay —El u otro, no importa.
—¡Eh, señor Calderón! —exclamó el maestro—. Si es usted, dÃgnese echar una mirada sobre sus desgraciados compañeros.
El hombre levantó la cabeza y dijo con voz sosegada:
—¿Son ustedes? Pues me alegro.
Los dos marineros se pusieron en pie al tiempo que daban sendos gritos de alegrÃa y se precipitaron con los brazos abiertos sobre el impasible individuo, pero él los detuvo con un gesto.
—No hagan tonterÃas —dijo.
—Pero, señor Calderón… —dijo el maestro—. ¿No conoce usted a sus compañeros? ¡Eh! ¡Por mil demonios! No me equivoco, no, es usted mismo, aunque vestido como un pagano y con una tapia de sebo y de minio.
—SÃ, soy yo —respondió el agente del gobierno con una risa seca—, y debieran ustedes dar gracias a esta pintura y a este chocante disfraz, al que debéis vuestras vidas.
—El recibimiento es un poco brusco, señor Calderón. A lo que parece estamos de buen humor —dijo Cardoso—. Sin embargo, créame usted, nosotros hemos sido apresados cuando buscábamos a usted y al globo.
El agente del gobierno se encogió de hombros y no contestó.