El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay —Con buena o mala acogida, debemos darle las gracias, señor agente —continuó el maestro—. Sin usted mi cadáver podrÃa a estas horas figurar en algún gabinete de anatema, con poco agrado del propietario, se lo aseguro. ¿Pero, quién le ha puesto este diabólico traje?
—Los tehuls.
—¿Le han adoptado a usted, acaso? —preguntó Cardoso.
—No.
—Entonces, ¿qué quiere decir esa ropa?
—Soy un hechicero… —dijo el agente sin abrir la boca.
Los dos marineros estallaron en alegre risotada.
—¡Ah, les divierte, a lo que parece! —dijo el hechicero, lanzándoles una oblicua mirada.
—No se puede menos de reÃr, señor Calderón, al encontrarle a usted en ese traje —dijo el maestro—, pero diga usted, ¿cuándo cayó con el globo?
—Ayer.
—Pero ¿dónde ha estado usted, que no le vimos en el campamento, cuando esos paganos nos trajeron atados como salchichas?
—En el bosque sagrado.
—¿Para la investidura del alto cargo que ocupa?
El agente hizo una seña afirmativa y después levantándose bruscamente, dijo: